Ley anticiencia

¿Qué no las leyes deberían de beneficiar a aquello que tratan de regular? No cuando responden a intereses sesgados.

El pasado 13 de diciembre, el presidente envió a la Cámara de Diputados una propuesta de Ley General en materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación. Al leer la propuesta, nadie estaría en contra de muchas partes. Por ejemplo, reconocer el derecho humano a la ciencia. Sin embargo, no se establecen mecanismos para asegurar varias generalidades, por lo que uno se pregunta qué tan útil sería de aprobarse esta ley.

De las partes debatibles, de hecho se propone lo que la administración actual ya ha venido haciendo. Se critica a administraciones anteriores para justificar cambios que no parece que estén resolviendo las condiciones que critican. Es cierto que hubo corrupción. Todos acordamos que hay que aumentar transparencia. Pero sin financiamiento, todo se queda en idealismo. Se menciona que el presupuesto no debe de reducirse, pero simplemente si el aumento es menor a la inflación, no se asegura la continuidad, ya no digamos el crecimiento del sector. No se habla de plazas nuevas. ¿Cómo hacer más con menos?

Uno de los aspectos más criticados de la propuesta es que el gobierno elaboraría una Agenda Nacional. Se dice que «no limita o acota la labor científica y tecnológica», pero no se van a financiar proyectos que no se consideren de «relevancia nacional», i.e. a discreción gubernamental. Esto es problemático especialmente para los investigadores y estudiantes que dependen directamente del CONACYT. Sólo un ejemplo: la administración actual no ha identificado a la inteligencia artificial como un área de oportunidad, ya no digamos prioritaria, mientras que muchos otros países están avanzando.

Sobre los derechos de propiedad intelectual, se sugiere que «responderán al interés público nacional y al bienestar del pueblo de México» (Art. 33.IX). En teoría, nada que objetar. Pero en la práctica, se desincentiva la innovación si no hay posibilidad de obtener regalías por patentes. 

El rechazo por parte de la comunidad ha sido notable. El 10 de enero se publicó un exhorto que firmamos 2391 académicos. El mismo día, las Academias Mexicanas de Ciencias, Medicina e Ingeniería emitieron un pronunciamiento rechazando la propuesta de ley. La ADIAT también publicó un comunicado el 13 de enero. ¿Tiene sentido aprobar una ley que va en contra de la comunidad a la que rige?

Ha habido amplia cobertura en medios. El 9 de enero, CONACYT envió un comunicado con fecha del 5 a miembros de la comunidad, justificando la propuesta con una retórica más burda que una estopa de segunda mano. Se usan argumentos ad hominem, criticando a científicos que se «beneficiaron» con gobiernos anteriores. Independientemente de si fuese el caso, esto no responde a los argumentos presentados: se está atacando a los científicos, no se están debatiendo propuestas. Más aún, el hecho de que haya habido situaciones en el pasado que deberían de corregirse, no implica que todo estuviese mal, ni que todos los que recibimos apoyos de CONACYT fuésemos cómplices.

CONACYT presume una amplia diversidad de fuentes para la elaboración de la propuesta, incluyendo una amplia consulta a la comunidad. Sin embargo, las partes relevantes propuestas por la comunidad no fueron tomadas en cuenta, lo que explica la reacción de los últimos días. Con la situación actual, se prevé que aumente la fuga de cerebros. ¿Por qué científicos deberían de soportar condiciones desfavorables cuando hay oportunidades en países menos violentos?

¿Qué tan grave sería que se apruebe la propuesta? ¿Se fortalece el sector? No es evidente. Pero sí se está forzando al desarrollo a lo que vaya a dictar el gobierno en turno como «relevante». ¿Cómo debería de ser una nueva ley? Ya se hicieron consultas, sólo hay que escuchar en lugar de ignorar.

¿Los académicos deberíamos de investigar lo que determinen los políticos? Obviamente no. ¿No sería mejor si los políticos hicieran lo que determinemos los científicos? Tampoco, ya que desconocemos las peculiaridades pragmáticas del oficio. Lo ideal sería que hubiese diálogo real, no sólo entre gobierno y academia, sino incluyendo también a empresas y sociedad. Entre todos podremos encontrar mejores soluciones que sólo desde nuestra perspectiva limitada.

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Cambios 2023

Este año traerá muchos cambios, como todos los años recientes. Cada vez estamos más conectados, tenemos más interacciones, por lo que cualquier cambio puede propagarse más rápido y más lejos. Esto no quiere decir que todo lo que pase en China nos afecte. Pero algunos eventos, como la evolución de un nuevo virus, bien han podido transformar la manera en la que vivimos en todo el planeta.

¿Cómo enfrentar los cambios? Aunque no sepamos precisamente qué cambios vendrán, sabemos que vendrán. Será mejor si esperamos lo inesperado. Por un lado, podemos buscar robustez: que todo siga funcionando como debería a pesar de los cambios. Mejor aún, sería buscar «antifragilidad»: que los cambios mejoren las funciones. Pero como no podemos predecir los cambios, todavía no tenemos las herramientas adecuadas para diseñar antifragilidad. Pero sí podemos diseñar robustez. Por otro lado, y de manera complementaria, podemos buscar adaptación: que nos ajustemos a los cambios. También podemos diseñar adaptación.

Desafortunadamente, el conocimiento para desarrollar sistemas robustos y adaptables todavía no se propaga. Tenemos tomadores de decisiones a todos los niveles (desde individual hasta global) asumiendo que no habrá cambios. O más bien, que todos los cambios que habrá son predecibles.

Uno de mis propósitos de año nuevo es divulgar este conocimiento. ¿Por qué? Porque nos esperan tiempos difíciles. Porque todavía no aprendemos a enfrentar los cambios.

En México, 2023, aunque oficialmente es año de Francisco Villa, en la práctica será año de Carranza (porque el de Hidalgo no alcanza). Al parecer, la austeridad republicana no ha logrado reducir la corrupción a distintos niveles, por lo que podremos esperar desvío de recursos públicos, aunque probablemente más con fines electorales que para lucros personales.

La mayoría de las acciones del 2023 se verán con lentes de 2024: ¿Quién podrá resistir todas las embestidas posibles (internas y externas) antes de que Morena tenga candidatå presidencial oficial? Como están las cosas, en 2024 Claudia o Marcelo asumirán la presidencia, pero todavía hay muchas incertidumbres por delante. Lamentablemente, como se sabe que la mayoría de los votantes no se fijan en propuestas, candidatås ni las presentan. La democracia convertida en un concurso de popularidad (para más opiniones sin consecuencia, síganme en Instagram y suscríbanse a mi canal de YouTube).

A su vez, las obras «insignia» del sexenio deben de relucir antes de las elecciones, por lo que escucharemos mucho bombo y platillo sobre el ecoamigable Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y las ventajas del AIFA sobre el AICM (a costa del deterioro del segundo). Tal vez no escuchemos tanto del Tren Transístmico ni del Tren México-Toluca (o por lo menos hasta después de las elecciones en el Estado de México).

Estados Unidos también se preparará para las elecciones presidenciales de 2024. Se especula que Biden no buscará la reelección. Trump enfrentará tantas demandas que si no termina en la cárcel, por lo menos se ve difícil que gane la nominación republicana. Entonces tendremos desfile de pretendientes por ambos partidos, aunque probablemente con mucho ruido y pocas nueces.

El conflicto entre Rusia y Ucrania lleva más de 300 años, por lo que no terminará pronto. Sin embargo, la pregunta es si seguirá la guerra abierta o si habrá un alto al fuego. Aunque todos salen perdiendo con un conflicto armado (menos los mercaderes de armas), hasta el momento no se ve una salida viable. Las consecuencias se sentirán más en Europa, pero afectarán al resto del mundo.

También habrá repercusiones sobre la situación en China: a pesar de que lograron minimizar las muertes por la pandemia hasta hace poco, el costo político y social ha sido alto. El comercio global depende tanto de China que las interrupciones a cadenas de suministro han tenido efectos meses después. No se ha podido reducir la dependencia global.

De manera similar, la economía global seguirá resentida después de tantas perturbaciones. Ya no se habla de crecimiento, sino de cómo evitar recesiones.

Los cambios son difíciles. Son una consecuencia de la impermanencia que permea casi todo, por lo que nos conviene aceptarlos en lugar de pretender ignorarlos. Y de esta manera, podremos transformar los retos en oportunidades.

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El Sistema

Recientemente vi el documental «¡Viva Maestro!» (Ted Braun, 2022), sobre el maestro venezolano Gustavo Dudamel, director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (EEUU) y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar (Venezuela).

Dudamel se formó en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, mejor conocido como «El Sistema», fundado en 1975 por el maestro José Antonio Abreu (1939-2018). Actualmente, tiene la misión de «sistematizar la instrucción y la práctica colectiva e individual de la música, a través de orquestas sinfónicas y coros, como instrumentos de organización social y desarrollo humanístico». En otras palabras, ha sido una institución que a través de la instrucción musical ha beneficiado a millones de niños y jóvenes, especialmente en comunidades en desventaja.

Es conmovedor escuchar testimonios de muchos de los egresados de El Sistema. No sólo ha formado centenares de músicos de nivel mundial, pero también ha complementado la educación de muchísimos venezolanos.

En 2008, El Sistema recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Actualmente, tiene 120 orquestas juveniles y 60 orquestas infantiles, sirviendo a unos 350,000 jóvenes (alrededor de uno de cada diez jóvenes venezolanos). Ha servido de inspiración a por lo menos 29 países, incluyendo a México (en Monterrey), donde se han desarrollado programas similares a distintas escalas.

Lo que más me impresiona de El Sistema, más allá de sus éxitos pedagógicos y comunitarios, es su éxito político. Abreu logró mantenerlo durante décadas casi independiente de partidos, tendencias e ideologías. Venezuela ha sido de los países con mayores cambios políticos y económicos recientes. Aún así, los gobernantes en turno han podido «apropiarse» de los éxitos de El Sistema, más que como un programa de sus antecesores con el que tienen que competir, como un orgullo nacional.

Obviamente, un proyecto como El Sistema no resuelve los problemas de un país (siendo Venezuela un ejemplo vivo). Pero esto no quiere decir que no sería deseable replicar programas similares. No necesariamente en música. Artes, deportes, ciencia y más pueden usarse como complemento en la formación de la infancia y juventud de muchas comunidades.

Es importante notar que en México ha habido muchos programas similares. Un par de ejemplos: yo fui de los primeros beneficiados de un programa de la Academia Mexicana de las Ciencias que ofrecía clases de programación a niños. Y en la Ciudad de México, los centros Pilares ofrecen diversas actividades educativas, artísticas, deportivas y laborales. 

Los beneficios de estos programas son claros. Sin embargo, en México no hemos logrado separar a la política del desarrollo social. CONACYT le quitó apoyo a la Academia Mexicana de las Ciencias, lo cual ha limitado su capacidad para promover la ciencia en los niños y jóvenes (lo que constituye la mayor parte de su actividad). Y no podemos decir que no necesitamos promover el pensamiento científico lo más que podamos.

Por otra parte, los logros de programas como Pilares están tan atados a los gobiernos capitalino y federal actuales, que la probabilidad de que un cambio de gobierno los cancele es muy alta. 

¿Qué podemos hacer? Es claro que un gobierno difícilmente podrá impulsar programas sociales independientes del gobierno. Esto sugiere que deberíamos de promover programas que surjan desde las comunidades. No digo crear, porque ya existen muchísimos programas que podrían beneficiarse de un mayor apoyo para poder ampliar su impacto positivo. Más aún, no es factible imponer un programa de manera arbitraria si no hay interés en una comunidad. Si el alguna colonia hay pasión por el futbol, que jueguen futbol (aunque no pasen a la segunda ronda). Si en una ranchería hay motivación por robots, que construyan robots (aunque no lleven a ninguna patente o emprendimiento).

El objetivo de los programas sociales debería de ser el desarrollo y bienestar de las comunidades. Todos nos beneficiaremos entonces. Si el objetivo fuese político (ganar más votos), los programas se corrompen y generan división en lugar de cooperación. Los votos llegan solos si se hacen las cosas bien.

Si dudamos de si un programa social está siendo politizado o no, sólo hay que medir si está fomentando la integración o la polarización.

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Conservadores

Hace unos días, AMLO nos acusó a todos los editorialistas de este diario de «conservadores». Me parece que esta generalización es equivocada. Tenemos una diversidad de tendencias políticas y opiniones, lo que ofrece una visión más amplia que si todos estuviésemos de acuerdo en todo. Tal vez el presidente se refiere a que criticamos sus errores, lo cual no implica que no reconozcamos sus aciertos. En este contexto, entiendo que más que conservadores, quiso decir «no aplaudidores».

Independientemente de las interpretaciones o acusaciones, me parece importante reflexionar sobre qué tanto la logrado transformar la 4T.

Por un lado, podemos criticarla y decir que ha sido conservadora, porque no ha logrado lo que prometió: la corrupción, violencia, pobreza, desigualdad, salud, educación, ciencia no han mejorado, y en algunos casos, han empeorado. Muchos votamos en 2018 por un cambio del cual no hay evidencia.

Por otro lado, hay quienes defienden a la 4T con distintos argumentos: en cuatro años no es posible cambiar décadas o siglos de desigualdad, la pandemia, la situación internacional, tenemos otros datos, etc. El cambio es real, y quienes lo niegan es porque se beneficiaban del status quo anterior y sus chayotes.

También hay hechos, tanto positivos como negativos, que simplemente no están a discusión. Por ejemplo: el peso se no se ha devaluado contra el dólar. A su vez: la pandemia podría haberse manejado de mejor manera. Es normal que en cualquier administración haya aciertos y errores. La cuestión es qué tanto se pueden corregir los errores y qué tanto se aprende de ellos, para evitar repetirlos.

Tal vez lo más problemático, independientemente de cómo midamos las cosas, es que nuestra sociedad está cada vez más polarizada. Una expresión de esta polarización se dio con las marchas recientes. Tal vez la mayoría de la población no nos identificamos con lo que promovían ninguna de las dos marchas, pero parecería que debemos de tomar partido. Enfrentamos cada vez más situaciones de «si no estás con nosotros, estás contra nosotros». Y las votaciones serán cada vez más «en contra de» que «a favor de», simplemente porque no encontraremos a políticos que nos representen.

Agravando esta situación, sufrimos de un discurso polarizante — tanto del gobierno como de la oposición — que promueve intolerancia y conflicto. En una sociedad polarizada, siempre habrá descontento de un sector importante de la población. ¿No podemos aspirar a algo mejor?

¿Qué tan difícil es poner en pausa ideologías, escuchar otros puntos de vista e intentar cooperar para resolver problemas que nos afectan a todås? Todås somos mexicanås, estamos en el mismo barco, y nos conviene resolver problemas, y nos preocupa que se estén agravando a pesar de todos nuestros esfuerzos.

La 4T ha aspirado a generar cambios tan transformadores como la Independencia, la Reforma y la Revolución. Pero ¿qué tantos cambios hemos tenido desde 2018? Es cierto que ha habido varias reformas y se han aprobado nuevas leyes (algunas positivas como la Ley de Seguridad Vial, otras criticables como la estructura de la Guardia Nacional), pero no son más ni más transformadoras que otras realizadas en administraciones pasadas. Es como si nos vendieran la próxima generación de teléfonos como nueva tecnología simplemente por cambiarles el nombre, cuando en realidad sólo aumentó la resolución de una cámara y pagando más se puede obtener un color diferente.

No niego que haya habido cambios importantes, pero de ninguna manera son de la escala de los eventos que han generado monumentos y avenidas. La administración actual es más conservadora que transformadora.

Todos deberíamos de desear cambios transformadores, pero parecería que nadie trabaja en esa dirección. Todos nos beneficiaríamos de mejoras en justicia, economía, transparencia, rendición de cuentas, seguridad, salud, educación, etc. Pero nos fijamos más en la Selección, las mañaneras o las corcholatas.

Necesitamos un cambio de sistema político y social. No sólo en México, sino en muchos países que están pasando por situaciones similares. Independientemente del partido político en el gobierno, las cosas deberían de funcionar. Pero al parecer, las siguientes décadas serán justo lo opuesto: no importa quién gane las elecciones, los problemas se conservarán.

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Progreso sin límite

En los últimos 150 años, ha habido mejoras sin precedente en la calidad de vida de nuestra especie a nivel global. La esperanza de vida se ha más que duplicado, la educación pasó de ser privilegio de minorías a derecho de mayorías, se han reducido considerablemente hambre y pobreza extrema. Se quiere erradicar la última para 2030. Sería factible terminarla antes, simplemente con un ingreso básico universal para los 650 millones en pobreza extrema. Costaría 500 mil millones de dólares, menos de la mitad del gasto militar de miembros de la OTAN.

Es claro que algunas de estas medidas tienen límites naturales: cuando ya no haya hambre ni pobreza extrema, no se podrá mejorar más. Pero ¿qué tal la esperanza de vida?

La pandemia ha reducido notablemente la esperanza de vida, como se detalló en estas páginas el domingo. Pero hasta 2019, había una tendencia a la alza en la esperanza de vida en la mayoría de los países. La pandemia de influenza «española» de 1918-1920 bajó la esperanza de vida, al igual que distintas guerras en países participantes: Segunda Guerra Mundial, guerras civiles (y SIDA) en África, las Coreas, Vietnam, Camboya, Irak, Siria, etc.

Aparte de guerras y virus, fue impresionante que la esperanza de vida en la ex-URSS había aumentado hasta 1988, para después caer a un mínimo alrededor de 2000, principalmente varones muertos por violencia o alcoholismo.

Algo similar ha sucedido en Estados Unidos, su esperanza de vida dejó de crecer desde 2012, principalmente por las «muertes de desesperación», que incluyen suicidios, sobredosis y relacionadas con alcohol.

Venezuela ha ido reduciendo su esperanza de vida desde 2011 y todavía no empieza a recuperarse, principalmente por violencia.

México alcanzó su máxima esperanza de vida en 2006, la cual empezó a bajar gracias a la guerra contra las drogas, para llegar a un mínimo en 2015 (hombres tenían una esperanza de vivir nueve años menos que mujeres). Hubo una recuperación lenta, pero sin llegar a los niveles de 2006, y ahora con la pandemia, al parecer regresamos a niveles de 1992.

Es muy probable que la esperanza de vida se recupere en los próximos años y que siga aumentando a nivel global mientras mejoran las condiciones en países actualmente pobres. Pero ¿hasta cuándo? Las mejoras en sanidad y medicina son muy importantes, pero nos estamos topando con otros límites que van más allá de la fisiología: la violencia y la salud mental.

En el primer caso, después de la Segunda Guerra Mundial parecería que habíamos aprendido la lección y ya no habría conflictos a gran escala. Pero la guerra en Ucrania y la violencia relacionada al crimen organizado en países como México y Venezuela nos hacen dudar de que no podamos tener más masacres en los próximos años.

En el segundo caso, muchas sociedades se han estado deteriorando, llevando a cada vez más personas a una «muerte por desesperación». La pregunta es si estos problemas se propagarán a otros países, o si encontraremos soluciones duraderas. Tal vez sería sensato dejar de comprar el sueño americano que nos venden a casi todo el resto del mundo a través de Hollywood.

De cualquier manera, probablemente la esperanza de vida se estabilizará hacia fines de siglo, aunque no sepamos si será de más de cien años o menos de ochenta.

Podríamos pensar que al igual que las tecnologías «exponenciales» (cada vez más velocidad, capacidad, bajo costo), nuestra salud seguiría mejorando sin límite. Pero todos estos procesos se saturan. Las tendencias tienden a cambiar.

Después de las crisis rodeando a la pandemia, podríamos ser pesimistas y concluir que nuestra especie ya pasó su apogeo, y como tantas culturas en nuestra historia, empezará a decaer. Lo dudo mucho. Todavía tenemos muchísimas oportunidades de mejora como para que no podamos superar los niveles de bienestar de 2019.

Más que “mejoras” constantes, seguiremos teniendo cambios. Dependerá de nosotros qué tan positivos o negativos son estos cambios, y para cuántas personas. De casi cualquier cambio habrá beneficiados y perjudicados. Decimos que en los conflictos todos perdemos, pero a largo plazo hay quienes logran aprovechar las crisis, a pesar del sufrimiento. Pero sabemos que la mayoría nos beneficiaremos si minimizamos los conflictos. ¿Qué tan difícil puede ser? ¿Más que sobrevivir los conflictos?

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