Conservadores

Hace unos días, AMLO nos acusó a todos los editorialistas de este diario de «conservadores». Me parece que esta generalización es equivocada. Tenemos una diversidad de tendencias políticas y opiniones, lo que ofrece una visión más amplia que si todos estuviésemos de acuerdo en todo. Tal vez el presidente se refiere a que criticamos sus errores, lo cual no implica que no reconozcamos sus aciertos. En este contexto, entiendo que más que conservadores, quiso decir «no aplaudidores».

Independientemente de las interpretaciones o acusaciones, me parece importante reflexionar sobre qué tanto la logrado transformar la 4T.

Por un lado, podemos criticarla y decir que ha sido conservadora, porque no ha logrado lo que prometió: la corrupción, violencia, pobreza, desigualdad, salud, educación, ciencia no han mejorado, y en algunos casos, han empeorado. Muchos votamos en 2018 por un cambio del cual no hay evidencia.

Por otro lado, hay quienes defienden a la 4T con distintos argumentos: en cuatro años no es posible cambiar décadas o siglos de desigualdad, la pandemia, la situación internacional, tenemos otros datos, etc. El cambio es real, y quienes lo niegan es porque se beneficiaban del status quo anterior y sus chayotes.

También hay hechos, tanto positivos como negativos, que simplemente no están a discusión. Por ejemplo: el peso se no se ha devaluado contra el dólar. A su vez: la pandemia podría haberse manejado de mejor manera. Es normal que en cualquier administración haya aciertos y errores. La cuestión es qué tanto se pueden corregir los errores y qué tanto se aprende de ellos, para evitar repetirlos.

Tal vez lo más problemático, independientemente de cómo midamos las cosas, es que nuestra sociedad está cada vez más polarizada. Una expresión de esta polarización se dio con las marchas recientes. Tal vez la mayoría de la población no nos identificamos con lo que promovían ninguna de las dos marchas, pero parecería que debemos de tomar partido. Enfrentamos cada vez más situaciones de «si no estás con nosotros, estás contra nosotros». Y las votaciones serán cada vez más «en contra de» que «a favor de», simplemente porque no encontraremos a políticos que nos representen.

Agravando esta situación, sufrimos de un discurso polarizante — tanto del gobierno como de la oposición — que promueve intolerancia y conflicto. En una sociedad polarizada, siempre habrá descontento de un sector importante de la población. ¿No podemos aspirar a algo mejor?

¿Qué tan difícil es poner en pausa ideologías, escuchar otros puntos de vista e intentar cooperar para resolver problemas que nos afectan a todås? Todås somos mexicanås, estamos en el mismo barco, y nos conviene resolver problemas, y nos preocupa que se estén agravando a pesar de todos nuestros esfuerzos.

La 4T ha aspirado a generar cambios tan transformadores como la Independencia, la Reforma y la Revolución. Pero ¿qué tantos cambios hemos tenido desde 2018? Es cierto que ha habido varias reformas y se han aprobado nuevas leyes (algunas positivas como la Ley de Seguridad Vial, otras criticables como la estructura de la Guardia Nacional), pero no son más ni más transformadoras que otras realizadas en administraciones pasadas. Es como si nos vendieran la próxima generación de teléfonos como nueva tecnología simplemente por cambiarles el nombre, cuando en realidad sólo aumentó la resolución de una cámara y pagando más se puede obtener un color diferente.

No niego que haya habido cambios importantes, pero de ninguna manera son de la escala de los eventos que han generado monumentos y avenidas. La administración actual es más conservadora que transformadora.

Todos deberíamos de desear cambios transformadores, pero parecería que nadie trabaja en esa dirección. Todos nos beneficiaríamos de mejoras en justicia, economía, transparencia, rendición de cuentas, seguridad, salud, educación, etc. Pero nos fijamos más en la Selección, las mañaneras o las corcholatas.

Necesitamos un cambio de sistema político y social. No sólo en México, sino en muchos países que están pasando por situaciones similares. Independientemente del partido político en el gobierno, las cosas deberían de funcionar. Pero al parecer, las siguientes décadas serán justo lo opuesto: no importa quién gane las elecciones, los problemas se conservarán.

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Progreso sin límite

En los últimos 150 años, ha habido mejoras sin precedente en la calidad de vida de nuestra especie a nivel global. La esperanza de vida se ha más que duplicado, la educación pasó de ser privilegio de minorías a derecho de mayorías, se han reducido considerablemente hambre y pobreza extrema. Se quiere erradicar la última para 2030. Sería factible terminarla antes, simplemente con un ingreso básico universal para los 650 millones en pobreza extrema. Costaría 500 mil millones de dólares, menos de la mitad del gasto militar de miembros de la OTAN.

Es claro que algunas de estas medidas tienen límites naturales: cuando ya no haya hambre ni pobreza extrema, no se podrá mejorar más. Pero ¿qué tal la esperanza de vida?

La pandemia ha reducido notablemente la esperanza de vida, como se detalló en estas páginas el domingo. Pero hasta 2019, había una tendencia a la alza en la esperanza de vida en la mayoría de los países. La pandemia de influenza «española» de 1918-1920 bajó la esperanza de vida, al igual que distintas guerras en países participantes: Segunda Guerra Mundial, guerras civiles (y SIDA) en África, las Coreas, Vietnam, Camboya, Irak, Siria, etc.

Aparte de guerras y virus, fue impresionante que la esperanza de vida en la ex-URSS había aumentado hasta 1988, para después caer a un mínimo alrededor de 2000, principalmente varones muertos por violencia o alcoholismo.

Algo similar ha sucedido en Estados Unidos, su esperanza de vida dejó de crecer desde 2012, principalmente por las «muertes de desesperación», que incluyen suicidios, sobredosis y relacionadas con alcohol.

Venezuela ha ido reduciendo su esperanza de vida desde 2011 y todavía no empieza a recuperarse, principalmente por violencia.

México alcanzó su máxima esperanza de vida en 2006, la cual empezó a bajar gracias a la guerra contra las drogas, para llegar a un mínimo en 2015 (hombres tenían una esperanza de vivir nueve años menos que mujeres). Hubo una recuperación lenta, pero sin llegar a los niveles de 2006, y ahora con la pandemia, al parecer regresamos a niveles de 1992.

Es muy probable que la esperanza de vida se recupere en los próximos años y que siga aumentando a nivel global mientras mejoran las condiciones en países actualmente pobres. Pero ¿hasta cuándo? Las mejoras en sanidad y medicina son muy importantes, pero nos estamos topando con otros límites que van más allá de la fisiología: la violencia y la salud mental.

En el primer caso, después de la Segunda Guerra Mundial parecería que habíamos aprendido la lección y ya no habría conflictos a gran escala. Pero la guerra en Ucrania y la violencia relacionada al crimen organizado en países como México y Venezuela nos hacen dudar de que no podamos tener más masacres en los próximos años.

En el segundo caso, muchas sociedades se han estado deteriorando, llevando a cada vez más personas a una «muerte por desesperación». La pregunta es si estos problemas se propagarán a otros países, o si encontraremos soluciones duraderas. Tal vez sería sensato dejar de comprar el sueño americano que nos venden a casi todo el resto del mundo a través de Hollywood.

De cualquier manera, probablemente la esperanza de vida se estabilizará hacia fines de siglo, aunque no sepamos si será de más de cien años o menos de ochenta.

Podríamos pensar que al igual que las tecnologías «exponenciales» (cada vez más velocidad, capacidad, bajo costo), nuestra salud seguiría mejorando sin límite. Pero todos estos procesos se saturan. Las tendencias tienden a cambiar.

Después de las crisis rodeando a la pandemia, podríamos ser pesimistas y concluir que nuestra especie ya pasó su apogeo, y como tantas culturas en nuestra historia, empezará a decaer. Lo dudo mucho. Todavía tenemos muchísimas oportunidades de mejora como para que no podamos superar los niveles de bienestar de 2019.

Más que “mejoras” constantes, seguiremos teniendo cambios. Dependerá de nosotros qué tan positivos o negativos son estos cambios, y para cuántas personas. De casi cualquier cambio habrá beneficiados y perjudicados. Decimos que en los conflictos todos perdemos, pero a largo plazo hay quienes logran aprovechar las crisis, a pesar del sufrimiento. Pero sabemos que la mayoría nos beneficiaremos si minimizamos los conflictos. ¿Qué tan difícil puede ser? ¿Más que sobrevivir los conflictos?

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Libertad

¿Qué tanta libertad es óptima para una sociedad? Habrá quienes pretendan defender los beneficios de la esclavitud o la colonización a la economía, pero cualquier persona con un mínimo de empatía aceptaría que el sufrimiento humano de estas prácticas no justifica ningún crecimiento económico. Tanto la esclavitud como la colonización se combatieron bajo la bandera de libertad.

Apreciamos tanto la libertad, que su privación es de los peores tanto crímenes (secuestro) como castigos (prisión). «Vivir libre o morir» fue lema en la primera Revolución Francesa. Versiones similares se usaron en luchas independentistas en Escocia (1320), Cataluña (1714), Estados Unidos (1775), Haití (1804), Grecia (1821), Brasil y Uruguay (1822), Bulgaria (1876), Ucrania (1917) y muchos más. 

A pesar del alto valor que todavía le damos a la libertad, presenciamos múltiples ejemplos actuales de cuasi-esclavitud (maquiladoras en Asia, agricultura que abusa de  indocumentados, etc.) y de neocolonialismo (¿qué tanta libertad tienen los países que dependen económicamente de otros en nuestra era globalizada?).

Vemos que no podemos hablar de libertad de manera absoluta, sino que ésta siempre será gradual. Hay una tendencia a aumentar los niveles de libertad, pero ¿habrá algún límite? Por ejemplo, si hablamos de libertad expresión, ahora tenemos un debate: ¿qué tanto debería de permitir una sociedad que los ciudadanos expresen sus ideas? Hay algunas que no tienen problema, otras en que acordamos que deberían limitarse (e.g. agresión, amenazas), pero otras donde no hay consenso. Por ejemplo, mensajes antivacunas: atentan contra un esfuerzo de controlar una emergencia de salud pública, pero hay quienes dirían que también contra la libertad de expresión. O bien, un gobierno autoritario puede censurar a sus críticos acusándolos de incitar a la desestabilización. En la comedia es un dilema: ¿qué tanto se puede hablar sobre temas tabú sin ser «cancelados»?

En otro contexto, los adolescentes quieren libertad de sus padres: poder decidir qué hacer con su vida. Pero pocos aceptarían dejar sus hogares y familias, trabajar, «independizarse» y responsabilizarse a cambio de tal libertad. 

Siempre es tentador hacer lo que nos de la regalada gana. Pero siempre ha habido límites sociales. Desde normas hasta mandamientos, desde constituciones hasta etiqueta, nuestro comportamiento individual es restringido para evitar «fricciones» sociales. Los grupos sociales que no han logrado implementar tales mecanismos simplemente no han sobrevivido, ya que se generan demasiados conflictos como para poder competir con grupos mejor organizados y coordinados.

Podríamos decir que mis libertades terminan donde afectan negativamente a los demás. Sólo cuando se demostró que el humo del tabaco afectaba a fumadores pasivos, se pudieron legalizar prohibiciones para fumar. El alcohol también afecta a los demás: desde violencia y abusos hasta homicidios por automovilistas borrachos. Sin embargo, el intento de prohibir el alcohol en EEUU hace un siglo no eliminó su consumo y promovió la violencia de gángsters. Se ha intentado regular de distintas maneras la producción y el consumo de alcohol y otras drogas, pero no se ha alcanzado una situación satisfactoria.

Con la globalización, la integración a distintas escalas ha aumentado: cada vez mis acciones potencialmente afectan a más personas, desde modas hasta memes/videos virales. La imitación es parte de nuestra naturaleza. Nicholas Christakis y James Fowler han mostrado que se contagian hábitos socialmente, tanto saludables como nocivos. Lo que yo haga afecta a mi entorno y mi entorno me acaba afectando a mí. A todos nos conviene impulsar tanto el beneficio individual como el colectivo. 

La libertad es un concepto. Hay quienes se han aprovechado de él para vendernos ideas o productos. Sabemos que nunca tendremos libertad absoluta (necesitamos oxígeno, agua, comida…), pero siempre la defenderemos.

Lo ideal sería buscar un balance entre la libertad individual y beneficios sociales. Obviamente, hay sociedades donde se restringen las libertades individuales y no se reciben beneficios colectivos. Hay ventajas de ser controladores, en lugar de controlados. Aunque también desventajas. Más libertad implica más responsabilidad. ¿Estamos dispuestos a asumirla?

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¿Firmeza o necedad?

¿Firmeza o necedad? Carlos Gershenson

Tantos cambios en nuestro gobierno actual reflejan cierta inflexibilidad del presidente. Se podría argumentar que se requiere un “rumbo firme” para lograr una transformación, pero probablemente haya más desventajas que ventajas. — This episode is sponsored by · Anchor: The easiest way to make a podcast. https://anchor.fm/app Support this podcast: https://anchor.fm/cgershen/support

A lo largo de la historia, ha sido común deshacerse de opositores después de una transición: los reyes católicos expulsaron a musulmanes y judíos, independentistas mexicanos expulsaron a españoles, franquistas expulsaron a republicanos, Alemania nazi expulsó a judíos (y con ello perdieron su liderazgo científico), etc. 

Pero tampoco es raro deshacerse de quienes contribuyeron a lograr un cambio. Después de la primera Revolución Francesa y la ejecución de los reyes, Robespierre también perdió la cabeza. Después de la Revolución Rusa de octubre de 1917, mataron al zar y a su familia. Pero en algunos años les siguieron Lenin, Kírov, Trotski y más. La Revolución Mexicana exilió a Porfirio Díaz, pero casi todos los líderes fueron asesinados: Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón. En la noche de los cuchillos largos, Hitler mandó ejecutar a Röhm y muchos otros que lo habían apoyado.

¿Cómo podríamos comparar a la 4T con estos ejemplos históricos? Algo positivo es que no ha sido tan sangrienta. Pero tampoco ha sido tan transformadora. De cualquier manera, cabezas han rodado: Carlos Urzúa, Víctor Toledo, Irma Sandoval, Santiago Nieto, Tatiana Clouthier y muchos más. ¿Quién seguirá? Algunos especularían que Ricardo Monreal. Sin embargo, ha logrado mantener cierta influencia y esos rumores ya son añejos.

Pero tal vez mi comparación no es atinada. Es normal que haya cambios en gabinetes, aunque no sean transformadores o revolucionarios. Habría que medir la probabilidad de cambios en administraciones después de una transición de poder, en comparación con una administración “continuadora”.

Independientemente de lo anterior, tantos cambios en nuestro gobierno actual reflejan cierta inflexibilidad del presidente. Se podría argumentar que se requiere un “rumbo firme” para lograr una transformación, pero probablemente haya más desventajas que ventajas. El no escuchar a la gente que lo apoya implica que es fútil esperar que escuche a la oposición (la mafia del poder, las élites corruptas, los medios conservadores, etc.). Esta tendencia lleva a una polarización todavía más aguda, cuando lo que requiere nuestro país es mayor cooperación. Ideologías aparte, todos queremos crecimiento económico, menos violencia, mejor salud, educación, etc. Estos retos son lo suficientemente complejos como para que pretendamos mejorar la situación con un programa excluyente.

Como en muchas cosas, México no es único. La polarización política es más la norma que la excepción. El problema es que se juzga no a una idea sino a quien la propone. Si un representante sugiere alguna reforma que beneficiaría a la mayoría de la población, es común que la oposición la rechace, simplemente porque tiene que mostrar que el gobierno es peor que ellos (y vice versa). Esto también se puede medir: ¿qué tan frecuentemente legisladores votan en contra de las propuestas de otro partido? Si la mayoría de las veces, sugiere que no están velando por los intereses de su pueblo, sino de su partido.

El hecho de que el presidente no escuche implica que no puede adaptarse. Si hay situaciones no previstas, o si las soluciones planeadas son deficientes, conviene cambiar de estrategia. Para tomar mejores decisiones, es necesario considerar diversos puntos de vista: cada uno puede aportar aspectos complementarios. Una solución unilateral, por más revolucionaria que sea, tendrá más sesgos que una solución multilateral.

Podríamos pensar: si la 4T no alcanza las mejoras esperadas, cambios son necesarios, y precisamente por eso ha habido las rupturas con ex-simpatizantes. Pero no nos engañemos. Aunque cada caso es particular, entendemos que los conflictos fueron porque el presidente no ha querido cambiar el rumbo. Y probablemente nunca lo haga.

Por lo tanto, ¿nos damos por vencidos, aguantamos y esperamos que no haya demasiados desastres irreversibles hasta el 2024? Entonces, ¿quién podría ser más flexible y escuchar a quienes no simpatizan con ellos? ¿Claudia o Marcelo?

Tal vez sea normal — y hasta necesario — que los movimientos sociales transformadores avancen a costa de quienes los apoyaron. ¿Serían como los cohetes que ayudan a lanzar un transbordador espacial? Una vez quemados, se desechan. Siguiendo con la metáfora cosmonáutica, esperemos que no sigamos los pasos del Challenger o el Columbia.

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Soberanía obsoleta

Los pueblos, naciones o países soberanos son aquellos que se auto-determinan. En otras palabras, toman sus propias decisiones, en contraste con las colonias, quienes dependen de las decisiones que sus colonizadores toman por ellos. 

Desde siempre, los grupos sociales de nuestra y otras especies han intentado dominar a y liberarse de otros grupos. Simplemente, es mejor ser dominador que dominado: aumenta las probabilidades de supervivencia, atrae parejas, acumula riqueza, etc.

Aunque oficialmente quedan “pocas” colonias en el mundo, las potencias (Estados Unidos, China, Rusia, Francia…) siguen influyendo en otros países. Más que una tendencia hacia un aumento de soberanía, la globalización ha implicado una mayor integración, no sólo a nivel político, sino también económico y cultural.

En México, dependemos enormemente de Estados Unidos: si su economía se marea, la nuestra se tambalea. Vemos sus películas, escuchamos su música, comemos su comida rápida, vemos sus deportes. Pero aunque todavía hay una gran asimetría, Estados Unidos también depende considerablemente de México. Sus importaciones mexicanas ocupan un segundo lugar (después de las chinas) y  también recibimos sus segundas mayores exportaciones (después de las canadienses). Los hispanos ya son la mayor minoría (19% de la población, más de 60 millones). Cada vez es más común que el español se incluya además del inglés. Y la cultura mexicana (arte, gastronomía, festejos, etc.) es cada vez más influyente.

Esta tendencia no es única entre México y Estados Unidos. Muchos países están aumentando su influencia mutua gracias a la globalización. Y esto va mucho más allá de comer sushi o escuchar K-pop. Estas interacciones son “sinergéticas”, es decir, todos los involucrados se benefician. Esto es en contraste con el colonialismo, donde pocos se benefician a costa del sufrimiento de muchos.

Sin embargo, muchos políticos han aprovechado la idea de soberanía para avanzar agendas extremistas. Tal vez Brexit ha sido el caso reciente más notable, especialmente por su fracaso: el Reino Unido ha sufrido mucho más de lo que se ha beneficiado después de reducir su cooperación con la Comunidad Europea. 

En general, la idea de soberanía genera una diferenciación, que tiende a polarización, entre «nosotros» y «ellos». Sin embargo, deberíamos de cooperar cada vez más en atender problemas globales. Todos vamos en el mismo barco.

Ya después de la Segunda Guerra Mundial, hubo algunos impulsores de un gobierno mundial. Se crearon varias organizaciones, pero la ONU, OMS, OMC, etc. están muy limitadas. ¿Cómo podrían evolucionar para prevenir efectivamente conflictos nacionales e internacionales?

Sería problemático simplemente eliminar fronteras de un día para otro. Tal vez nunca podamos deshacernos de las fronteras, pero esto no implica que no aumentará la cooperación internacional.

Ya hemos visto varios ejemplos regionales de integración, el más visible siendo la Unión Europea, con una larga lista de oportunidades de mejora. En África hay dos regiones con moneda común y la propuesta de una moneda para todo el continente para 2025, manejada por un banco central africano. La Unión Africana permite el libre tránsito de personas entre sus 55 miembros desde 2018 y libre comercio desde 2021. 

No estoy sugiriendo que perdamos nuestra identidad, sino que adquiramos una más amplia. Podemos seguir escuchando cumbia, comiendo tamales y apoyando a los Pumas, pero al mismo tiempo identificarnos como humanos.

Mantengamos y celebremos identidad cultural, pero hay múltiples beneficios de disolver las diferencias artificiales de la nacionalidad y la soberanía. Podríamos empezar con otros países latinoamericanos, con quienes tenemos mayores afinidades culturales, y/o con Estados Unidos y Canadá, con quienes tenemos mayores afinidades económicas. Pero la intención no sería lograr una unidad continental para pelearnos con otro continente. La meta debe de ser global.

Cada vez somos más interdependientes, y no hay indicios de que esta tendencia vaya a cambiar en las próximas décadas. Cada vez nos afectarán más la falta de coordinación, los conflictos, las diferencias artificiales entre “nosotros” y “ellos”. Si entendemos que la soberanía es un concepto obsoleto, tendremos mejores oportunidades de aumentar el bienestar global.

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