Pobreza global

Se estima que el porcentaje de la población viviendo en pobreza extrema (con menos de 1.90 dólares diarios) ha bajado en 200 años de 80% a menos del 10%. Se tenía la meta de llegar al 3% para 2030, ya que la reducción de la pobreza extrema había venido acelerándose hasta 2013. Sin embargo, desde entonces hubo una desaceleración, la cual se convirtió en retroceso desde 2020 debido a la pandemia, guerras (Siria, Yemen, Ucrania…), cambio climático, etc. Queda la pregunta para esta década: ¿la pobreza seguirá aumentando o reanudará su tendencia a la baja?

Hay que notar que no sólo es relevante la pobreza extrema, sino también la desigualdad. En general, la mayoría de las personas y los países han aumentado sus ingresos a largo plazo, pero también es cierto que los ricos se vuelven más ricos (efecto Mateo). Sin embargo, la riqueza no «derrama» lo suficiente al resto de la población (¿qué tanto sería «suficiente»?).

También es importante tener en cuenta cómo medimos la pobreza. Más del 60% de la población global gana menos de 10 dólares por día (~seis mil pesos al mes). Aunque también hay un descenso de pobreza no extrema, no es tan pronunciado y en algunos casos ha aumentado. También, hay que considerar que, gracias a inflación, se necesita ganar cada vez más simplemente para mantener el mismo nivel de vida.

Además, la pobreza es diferente en distintos países. Con 10 dólares al día, una persona no tendría techo en muchas ciudades caras. ¿Acaso viven mejor que granjeros en países en desarrollo que ganan 5 dólares al día? También hay una diferencia importante si el Estado te da educación y salud gratis (México, Dinamarca) o si las tienes que pagar (Haití, algunos estados de EU).

Otro aspecto que podría ser engañoso tiene que ver con la comida. ¿Consideramos pobreza el hambre o la desnutrición? Es cierto que el hambre se ha reducido notablemente, pero el consumo de comida chatarra ha aumentado, al parecer en todos los niveles socioeconómicos, con graves consecuencias para la salud. No quiero decir que sea preferible el hambre, sólo que hay que intentar que nuestras soluciones no generen nuevos problemas.

Recientemente se ha hablado de que nos estamos acercando o ya estamos en una recesión global, ya que las economías no están creciendo tanto como antes y la inflación ha afectado drásticamente a muchos países. Por sí sola, una recesión global tal vez no aumente la pobreza extrema, pero sí haría muy difícil que se reduzca con los sistemas económicos y políticos actuales.

Se ha hablado de que la riqueza es finita, entonces tal vez simplemente nos estamos acercando a los límites del crecimiento global, por lo que es natural un estancamiento económico (alias estanflación). Sin embargo, las economías se basan cada vez menos en la comercialización de materia y energía y más en la de información. Las dos primeras se conservan, pero la última no. En otras palabras, la información nos ha permitido generar (y destruir) riqueza sin que haya una correlación con el trabajo requerido para producirla (¡criptomonedas!). Cómo se distribuyen distintos tipos de riqueza es otra cuestión. Aunque cada vez más producimos y consumimos más información, todos seguimos necesitando materia y energía para sobrevivir.

Si agregamos el elemento de sostenibilidad, se complica todavía más el panorama. No sólo tenemos que encontrar la manera de reactivar el crecimiento económico, sino que además deberíamos de reducir nuestro impacto en el planeta. Parecería contradictorio, pero no lo es. Diversas tecnologías sostenibles muy bien pueden fomentar el crecimiento económico. Al parecer los obstáculos son más políticos y de intereses que científicos.

Dado que hay causas múltiples de la pobreza, y estas causas también contribuyen a otros problemas globales (cambio climático, migración, conflictos armados, etcétera), vemos que no habrá una sola solución para ninguno de estos retos. Tenemos que explorar una amplia variedad de acciones e intervenciones coordinadas a escalas múltiples (locales, nacionales, regionales, globales) para ir mejorando todos los aspectos. Probablemente nunca lleguemos a eliminar la pobreza. Pero esforzarnos por alcanzar esa utopía será mejor para todos en comparación con no hacer nada y dejarnos a la deriva del destino.

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¿Terminará la pandemia?

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Ya conocemos el guion: los casos suben, la población toma acciones para protegerse de manera voluntaria y/o los gobiernos imponen restricciones y/o la población con mayores probabilidades de contagiarse se satura. Las acciones colectivas son relativamente más fáciles de coordinar cuando estamos en la cresta de la ola: los ciudadanos compartimos un propósito común y los riesgos de no actuar se vuelven más presentes (e.g. saturación de hospitales en las primeras olas).

Después empiezan a bajar los casos y la urgencia es reemplazada por una sensación de alivio. Los gobiernos reciben presión para relajar las restricciones y la población asume que esta relajación de medidas es una señal de que las cosas han mejorado. Pero cuando se relajan las medidas y todavía hay transmisión comunitaria, los casos que permanecen preparan el camino para la siguiente ola. En el fondo de la ola es mucho más difícil obtener apoyo para ejecutar acciones colectivas, cuando parece que ya «ganamos». Si no hay peligro inmediato, hay menos interés en prepararse para la siguiente ola (por ejemplo, estableciendo normatividades para la ventilación de edificios y recintos).

México está en medio de su quinta ola de Covid-19. Otros países también han tenido incrementos de casos recientes. El virus sigue mutando y millones se han infectado dos o más veces, los hechos destruyendo la fantasía de la «inmunidad de rebaño». Algo importante es que recientemente se ha encontrado que mientras más veces se infecta alguien, aumentan sus probabilidades de enfermarse gravemente y de tener secuelas. En otras palabras, enfermarse no protege de infecciones subsecuentes, nos va debilitando.

Siguiendo las tendencias actuales, podemos esperar que las olas continúen (dos o más por año), las cuales traerán disrupciones e impactos en el bienestar, los sistemas de salud, la productividad, la equidad y las economías. Tendremos más infecciones, Covid persistente y muertes. Más de lo mismo no mejorará nada. Necesitamos cambiar nuestra estrategia. Mejor dicho, debemos crear una estrategia que nos ayude a terminar con esta pandemia. Parecería que vamos a la deriva, el virus controlando nuestras vidas, nuestras economías, nuestro futuro, mientras nosotros sólo nos resignamos.

Alguien podría decir que a pesar de que los casos siguen aumentando en cada ola, cada vez hay menos muertes. Esto no es porque el virus sea menos virulento. Por un lado, las vacunas ayudan, pero protegen menos mientras más mute el virus. Por otro lado, los más vulnerables ya se murieron. ¿Pero menos muertes se justifican cuando podemos evitarlas?

Distintos estudios han mostrado que extender las intervenciones por algunas semanas después de que una ola ha bajado es la única manera de prevenir que una nueva ola crezca. «Simplemente» necesitamos seguir usando cubrebocas, ventilando, vacunando y haciendo pruebas, aunque los casos hayan disminuido, para que lleguen a cero. Si dejamos aunque sea unos pocos casos, entonces la enfermedad se propagará de nuevo de manera exponencial, más temprano que tarde. Pero como los casos tienen un crecimiento exponencial, es complicado actuar rápido, y por lo tanto es difícil que los tomadores de decisiones y los ciudadanos entiendan la importancia de mantener las medidas.

Algo positivo es que la dinámica exponencial también funciona para el retroceso de cada ola: si mantenemos las medidas apropiadas, los casos también bajarán exponencialmente.

Sabemos con seguridad que -aunque muy importantes- las vacunas por sí mismas no detendrán la pandemia. Las infecciones tampoco generan inmunidad suficiente, por lo que ninguna región del mundo estará segura hasta que todas estén seguras.

Por supuesto, esto requiere un gran esfuerzo de coordinación global, ya que si aunque sea alguna región deja que el virus se propague, esto limitaría las acciones de todas las demás. Es más barato terminar con la pandemia hoy que mañana, o que dejar que siga. Pero el éxito requiere tanto de coordinación como de gratificación retardada. Necesitamos aprender a posponer el momento de «cantar victoria». No debemos de dejar de usar medidas de protección que sabemos que funcionan hasta que sea seguro hacerlo. Las soluciones existen. Para poder alcanzarlas, necesitamos sobrepasar el reto social que implican.

Sabático

Estoy empezando un año sabático en el Santa Fe Institute en Nuevo México, el cual se podría considerar como la cuna del estudio científico de los sistemas complejos (Es cierto que se desarrollaron en otros lugares al mismo tiempo, pero aquí se popularizó en los 80’s y 90’s).

Estaré escribiendo un libro, por lo que mi actividad por este medio probablemente se vea reducida, mientras que la de Instagram probablemente aumente.

¿Qué hacer con criminales?

Hace pocos años, Lorenzo Meyer planteaba la pregunta de cómo reintegrar criminales a nuestra sociedad. No he encontrado una respuesta convincente en todo este tiempo, pero cada vez es más urgente discutir este tema y explorar posibilidades. Aunque nos vayamos equivocando, es necesario cambiar eventualmente la tendencia actual.

Asumiendo que se pueda reducir de manera notable la impunidad, y que nuestro sistema de justicia pueda procesar a, digamos, la mitad de las personas que han cometido delitos graves, ¿tendríamos espacio en cárceles para ellos? Estaríamos hablando de cientos de miles. No cabrían, por lo que aplicar la ley como está establecida no sería factible (y afortunadamente la pena de muerte está prohibida). Pero más allá del costo económico, nos debería de preocupar el costo social: ¿cómo se podrían eventualmente reincorporar criminales a la sociedad con actividades lícitas, después de haberse acostumbrado a un estilo de vida que para muchos es la única opción para salir de la pobreza?

Se intentó combatir a algunos cárteles durante el sexenio de Calderón, pero aumentó la violencia: como una hidra, al cortar una cabeza surgen tres, que después se disputan las plazas. El resultado es que el número de cárteles en el país ha aumentado considerablemente (se cuentan alrededor de cuarenta), con graves consecuencias.

En este sexenio, se han intentado los “abrazos, no balazos”, al mismo tiempo de que se ha militarizado el país. No parece que esté funcionando, independientemente de cómo se quieran manejar las cifras. ¿Qué opciones quedan?

Más importante que un castigo a los criminales, México necesita que bajen los crímenes. Necesitamos paz. Podríamos aprender algo del largo y tortuoso camino de Colombia en su búsqueda de paz, tanto de sus aciertos como de sus errores. Hay que considerar también que a pesar de tener varias similitudes con Colombia, hay diferencias importantes. La principal: no hemos tenido guerrilla por más de medio siglo.

Después de la paz firmada en 2016, el pueblo y gobierno colombianos se han enfocado en sanar las heridas que perduran en el «posconflicto». Una de las medidas implementadas es una amnistía, la cual por un lado ha sido criticada (¿cómo van a dejar que un terrorista sea presidente?), y por otro lado es muy temprano para evaluar su eficacia.

Podríamos entretener la idea de una amnistía en México, pero no serviría de mucho si siguen los niveles de impunidad actuales. De hecho, es tanta la impunidad que parecería que vivimos en amnistía constante. Históricamente, ha habido amnistías que han funcionado y otras que no. Habría que evaluar qué condiciones serían necesarias para una amnistía exitosa. Aunque me parece que todavía no las tenemos, podríamos intentar dirigirnos en conseguir esas condiciones.

Además de reducir la impunidad, debería de haber incentivos para no reincidir en el crimen. ¿Qué opciones legales de vida estarían disponibles? De hecho, la falta de opciones es uno de los motivos principales por los cuales la gente delinque. Si no hay nada que perder, vale la pena cualquier riesgo por ganar lo que sea.

¿Legalizar las drogas? Podría ayudar, pero todavía quedarían muchas más actividades criminales: asesinatos, secuestros, robos, trata y tráfico de personas, etc.

Tal vez primero deberíamos preguntarnos si tenemos claras todas las causas de la violencia. Algunas sí, pero si no las atendemos todas, seguiremos lamentando baños de sangre desde la impotencia. Valdría la pena iniciar un diálogo — como ha sugerido Sergio Aguayo en estas páginas — para buscar soluciones desde todas las perspectivas posibles, considerando todas las causas de la violencia.

Pensando en que es difícil que las cosas puedan empeorar más, recordemos a Ruanda. A fines del siglo pasado, cayeron en una espiral de pobreza que terminó en guerra civil y genocidio en 1994 (sin eliminar la pobreza). Es poco probable que lleguemos a tal situación, pero nos da una idea de qué tanto todavía pueden empeorar las cosas.

Dicho esto, espero que no tengamos que tocar fondo antes de decidir que lo que más le conviene a México y nos convienen a la mayoría de sus ciudadanås es la paz.

Agradezco a Ana Téllez, Carlos Pineda y Nelson Fernández por sus opiniones sobre Colombia.

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Populismo

Si el populismo busca el bienestar de la mayoría, ¿por qué deberíamos de preocuparnos por su incremento en varios países?

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Se dice que en años recientes ha habido un incremento en líderes populistas: AMLO, Trump, Bolsonaro, Maduro, Bukele, Putin, Lukashenko, Orbán, Modi, Netanyahu, Boris Johnson… la lista sigue. Pero tampoco es algo reciente, ya que Fidel Castro, Lula, Hugo Chávez, Evo Morales, Menem, Fujimori, Berlusconi, Duterte y muchos más también pueden considerarse populistas.

En Estados Unidos, clasifican en un extremo, Ted Cruz y Marjorie Taylor Greene; en otro extremo, Bernie Sanders y Alexandra Ocasio-Cortez. En España, tanto Podemos como Vox son populistas. En Colombia se disputarán la presidencia Gustavo Petro y Rodolfo Hernández el 19 de junio, ambos populistas. Algo similar sucedió en Perú hace un año con Pedro Castillo y Keiko Fujimori.

¿Pero cómo es que políticos tan diferentes caben dentro de una misma categoría? O más bien, ¿qué tan útil es una categoría, si incluye a políticos tan diversos? Tal vez deberíamos de haber empezado por el concepto de «populista».

Hay muchas definiciones, algunas hasta contradictorias entre sí, pero podemos decir que un político populista se declarará defensor del «pueblo» (la mayoría), en contra de una «élite» (minoría), la cual es culpable de los males de la nación. En este sentido, me parece que casi todas, si no es que todas, las Revoluciones (armadas o pacíficas) han sido populistas: Hay un gobierno que «oprime» a las masas, éstas se rebelan y hay un cambio de poder. Sin embargo, más temprano que tarde, se forma una nueva élite, que no necesariamente resuelve los problemas que motivaron la Revolución y en algunos casos genera problemas nuevos.

Es difícil juzgar si los cambios, ya sean radicales o graduales, son positivos o negativos, ya que en todos los casos, hay quienes se benefician del cambio y quienes pierden con el cambio. Naturalmente, cada quién defenderá la situación en la que le iba mejor. 

Independientemente de si el populismo sea de derecha o de izquierda, conservador o liberal, capitalista o socialista, muchas veces se usa el adjetivo de manera peyorativa. ¿Por qué, si en teoría se busca el bienestar de la mayoría? 

Podríamos listar más riesgos del populismo, pero me concentro en tres:

  1. El populismo divide a las naciones, entre «nosotros» y «ellos». En casos extremos lleva a la violencia.
  2. Las «élites» se vuelven la justificación para cualquier mal, con lo cual no se toma responsabilidad sobre los problemas actuales, ya que los causantes son «el imperialismo yanqui», «la amenaza roja», «los migrantes», «los neoliberales», «las farmacéuticas», «los judíos», «los illuminati», «los conservadores» y hasta «los populistas». Si los problemas siguen, ¿para qué sirvió el cambio?
  3. En algunos casos (e.g., Trump), los populistas llegan al poder de manera hipócrita: no defienden realmente a los intereses del «pueblo», sólo se aprovechan de su descontento con el status quo, sin realmente ofrecer una alternativa. La «élite» puede mantenerse, o ser reemplazada por otra.

¿Qué favorece el populismo? La propaganda, la mercadotecnia, los medios masivos, los discursos de odio, los programas sociales, etc. Hay todo un arsenal de herramientas para aquellos que quieren acceder al poder, justificada o injustificadamente.

¿Qué inhibe el populismo? El pensamiento crítico e independiente, la educación, la transparencia, la libertad de expresión, la solución de problemas sociales. De hecho, podríamos decir que si un populista cumpliera sus promesas, estaría perdiendo apoyo (le pasó a Lula), por lo que hay una motivación malsana para no resolver problemas y seguir culpando a las «élites».

¿Qué podemos hacer? Es difícil que una sola persona cambie a un país. Quienes crean que la situación en Ucrania se resolvería sin Putin muestran su falta de pensamiento sistémico. Con o sin populismo, para resolver problemas desde locales hasta globales, se requiere de comunicación, coordinación y cooperación. Desafortunadamente, los sistemas políticos actuales no promueven ninguna de estas tres.

Se puede acusar a la 4T de populista. Pero precisamente por populista tiene y seguirá teniendo mayoría. Todavía representa al “pueblo”, mientras que la oposición sigue representando a la “élite”. Así funciona la democracia (y también las dictaduras). Necesitamos un cambio de sistema en el que realmente se resuelvan los problemas.